En una reforma de cocina, el sobrecoste rara vez viene de los materiales. Viene de la coordinación. O, más exactamente, de su ausencia: el fontanero deja las tomas donde le parece razonable, el electricista cablea según el plano eléctrico general, el alicatador cierra las paredes… y cuando por fin llega el mobiliario, resulta que nada de eso encaja del todo con la cocina que el cliente ha elegido. Entonces empieza el repicado, el desvío de instalaciones y las soluciones de compromiso que nadie había presupuestado.
Es un problema de secuencia, no de calidad de los gremios. Y se resuelve cambiando cuándo entra cada decisión, no quién la ejecuta.
En la mayoría de reformas, el diseño de la cocina se cierra al final del proceso, cuando la obra ya está prácticamente hecha. El problema es que la distribución de los muebles es justamente lo que debería haber definido las instalaciones: dónde el agua y el desagüe, la altura de los enchufes, el recorrido del conducto de la campana, si la isla necesita electricidad o toma de agua bajo el pavimento. Cuando esas decisiones se toman antes de conocer la cocina, la cocina se adapta a la obra. Cuando se toman después —que es lo correcto—, la obra se ejecuta ya sabiendo qué va a recibir.
Para el profesional de la reforma esto tiene una lectura práctica: cada punto de instalación colocado antes de tener el plano de mobiliario es un punto que, con probabilidad alta, habrá que rehacer.
Hay tres decisiones de mobiliario que deben estar cerradas antes de tocar las instalaciones, porque son las más caras de corregir a posteriori:
La salida de humos. El recorrido del conducto de la campana es lo más difícil de mover una vez hecho. Definir el tipo de campana —de pared, de techo, integrada en un mueble— es de las primeras decisiones, no de las últimas.
La isla o península. Si el proyecto la contempla, necesita electricidad —y a veces agua y desagüe— llevadas por el suelo. Eso se hace con el pavimento abierto. Decidirlo después implica levantar suelo recién colocado.
El eje aguas–cocción. La posición del fregadero y de la placa determina fontanería, gas y potencia eléctrica. Es el esqueleto de la instalación, y sale del diseño de mobiliario, no al revés.
Aquí entra un matiz relevante para las reformas de gama alta. Un mobiliario de fabricación a medida y de alta precisión —el caso de las cocinas alemanas tipo Häcker— permite aprovechar el espacio real al milímetro, pero solo si el diseño se integra en la obra antes de fijar las instalaciones. Bien coordinado, el fabricante entrega un plano de puntos exacto que el fontanero y el electricista pueden seguir sin interpretar; el montaje final es limpio y sin repicados. Mal coordinado, ni la mejor fabricación evita el ajuste forzado.
Los fabricantes de cocina a medida son, precisamente, los que más sufren esta descoordinación, y desde hace tiempo insisten en darle la vuelta al calendario de la obra. Edelmann Kitchen, que distribuye cocinas alemanas en Madrid, lo resumía hace poco de una forma que vale para cualquier reforma: «la distribución de los muebles es lo que decide dónde van el agua, el desagüe, el gas, los enchufes y la salida de humos; si esas tomas ya están puestas cuando eliges la cocina, tus muebles tendrán que adaptarse a la obra en lugar de la obra a tu cocina». Lo desarrollan paso a paso —incluido en qué momento conviene que entre el estudio de cocina y qué hay que decidir antes de picar pared— en una guía que vale la pena leer si tienes una reforma entre manos.
La reforma de cocina que sale bien no es la que tiene el mejor presupuesto de materiales, sino la que ordena bien las decisiones: primero el proyecto de mobiliario, después las instalaciones, y el montaje al final, sobre una obra que ya lo esperaba. Para el particular, eso significa sentarse con un buen estudio de cocina —o directamente con el fabricante— al principio del proceso, no cuando la obra esté cerrada. Para el profesional, significa pedir el plano de mobiliario antes de dar por buenos los puntos de instalación. En ambos casos, el ahorro no está en gastar menos, sino en no rehacer.